HISTORIA DEL MEDICAMENTO

 

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Martes Enero 16, 2018

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La Warfarina es un derivado cumarínico, con excelentes propiedades anticoagulantes, que se utiliza hoy en día para inhibir la síntesis de los factores de la coagulación dependientes de la vitamina K, reduciendo así la capacidad de la sangre de coagular.    

Pero para llegar hasta aquí, la Warfarina ha dejado por el camino vacas muertas, conejos muertos, ratas muertas y algún que otro estadista (se supone) también muerto.

Esta historia comienza en EEUU, en Dakota del Norte y sur de Canadá, en la década de 1920, cuando inexplicablemente las reses morían fruto de grandes hemorragias internas sin ninguna lesión previa aparente.

Estos hechos coincidíeron con la gran depresión, por lo que  constituían un enorme problema para los granjeros que dependían de su ganado para sobrevivir, así que  preocupados por esta extraña situación, se dedicaron a observar el comportamiento de sus reses y se dieron cuenta que solamente fallecían cuando comían el heno, llamado trébol de olor, en temporada húmeda, sobre todo en invierno. Cuanto más llovía, más reses morían.

El primero en dar con la clave fue un patólogo de la Escuela Veterinaria de Ontario llamado Frank Schofield en 1921, quién se dio cuenta que en las temporadas de lluvia el heno se contaminaba con moho y que podía ser que este tuviera fuertes propiedades anticoagulantes y fuera el causante de aquellas desconcertantes hemorragias.

Schofield quiso certificar sus sospechas utilizando conejos, a los que les daba heno seco a unos y heno infectado de moho, a otros. El resultado resultó positivo, ya que los segundos morían con fuertes hemorragias al igual que el ganado.

Por motivos profesionales, Schofield, tuvo que abandonar aquella investigación, pero otro veterinario, llamado Lee M. Roderick, siguió investigando y sus conclusiones fueron que el problema se podía prevenir fácilmente dando solamente heno seco al ganado, y si alguna res enfermara, con una transfusión de sangre de otra sana, solucionaría el problema, pero a causa de la penuria económica, esta solución para los granjeros resultaba imposible de llevar a cabo y las vacas siguieron comiendo el trébol seco y también el húmedo.

Unos diez años después, a partir de 1933, un  químico agrónomo llamado Karl Link  se hizo cargo, conjuntamente con sus estudiantes de doctorado Harold Campbell, Ralph Overmann, Charles Huebner y Mark Stahmann, de investigar  la sustancia anticoagulante del famoso hongo del trébol y en 1940 lograron sintetizar el elemento anticoagulante que resultó ser un derivado de la cumarina, por lo que le pusieron de nombre dicumarinaTras este hallazgo el Wisconsin General Hospital y la Clínica Mayo sometieron la sustancia a sendos ensayos clínicos con éxito, comercializándose en 1941 con el nombre de dicumarol y convirtiéndose en el anticoagulante oral más popular.

Ya a mediados de la década de 1940 Link tuvo la idea de que si la dicumarina producía fuertes hemorragias, con resultado de muerte en vacas ywarfarin 1952 conejos, también podría ser útil para acabar con la plaga de ratas, así que sintetizó, a partir de la misma, un análogo al que se denominó warfarina y que se convirtió en 1948 en  el matarratas de más éxito en todo el mundo.

Los científicos ya tenían clara la eficacia que tenían los derivados cumarínicos en humanos, comercializando el dicumarol como poderoso anticoagulante, pero no se atrevieron con warfarina, el matarratas con una  elevada toxicidad.

El punto de inflexión lo puso un soldado norteamericano en 1951  cuando decidió suicidarse con warfarina y para ello la estuvo consumiendo varios días. Lo cierto es que a pesar de las hemorragias que le produjo no consiguió su propósito, por lo que acudió a una clínica donde le realizaron una transfusión y le administraron vitamina K, vitamina descubierta en 1929 con alto poder de coagulación, consiguiendo la total recuperación del soldado.

Ese punto de inflexión sirvió para que los científicos reconsideraran sus teorías y comenzaran a estudiar la warfarina en humanos como anticoagulante, reconociendo mucho más importantes los beneficios que esta sustancia aportaría que los posibles efectos adversos, así que en 1954 fue aprobado su uso en humanos, convirtiéndose en el segundo anticoagulante más importante después de la heparina.

No obstante, su mecanismo de acción no se conoció hasta 1978 cuando se descubrió que la warfarina inhibe la síntesis de las formas biológicamente activas del calcio dependientes de la vitamina K (los factores de coagulación II, VII, IX y X), así como los factores reguladores de proteína C, proteína S y proteína Z.

Uno de los primeros pacientes célebres que se sometieron a tratamiento con warfarina fue, en 1955, el Presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, tras sufrir un infarto de miocardio.

Ahora una de conspiraciones del Politburó:

En la URSS corrían tiempos revueltos tras la celebración del convulso Congreso del Partido de finales de 1952 en fase de reconstrucción tras el fin de la lI Guerra Mundial, en plena guerra fría, la  escalada en materia nuclear que los convertiría en la segunda potencia mundial o la  velada amenaza de un  nuevo conflicto bélico con Estados Unidos  eran factores que crearon  a Stalin no pocos enemigos en el Kremlin.

El estado físico de Stalin, a sus 73 años, se había deteriorado considerablemente, por lo que su equipo médico, con Vladimir Vinogradov al frente, le aconsejó que debía abandonar la política para cuidar su salud. Se había vuelto tan paranoico que sospechaba de todo el mundo, por lo que vio en esas recomendaciones médicas una conspiración sionista para apartarlo del poder y arrestó al menos a nueve de aquellos médicos, seis de ellos judíos, acusados de intentar asesinarle. Era tal su obsesión antisemita que llegó a decir en una sesión del Politburó que aquello era, según sus palabras, “el Complot de los  Médicos” y cuyo objetivo era acabar con los líderes políticos de la Unión Soviética, empezando por él mismo. Los médicos arrestados fueron torturados con el fin que reconocieran el complot. Dos de ellos murieron durante las torturas, el resto, destrozados por las mismas, terminaron firmando el documento acusador.

A finales de febrero de 1953 se trasladó a su dacha (casa de campo) en Kúntsevo, a las afueras de Moscú. Le acompañaban sus hombres de confianza  Lavrenti P. Beria,  jefe de la policía secreta,  Georgi M. Malenkov, que sonaba como sucesor suyo, Nikita S. Jrushchov, que finalmente fue el sucesor y Nikolai Bulganin, primer ministro.

Aquella noche discutió con ellos asuntos políticos, sobre todo el tema de la “conspiración de los médicos”, empeñado en hacerlos confesar aunquestalin hubiera que torturarlos hasta la muerte, llegando a decir aquella noche que “si no obtiene una confesión completa de ellos, reduciremos su altura por una cabeza”. Además vieron una película y bebieron hasta altas horas de la madrugada, parece que hasta  las cuatro, cuando Stalin completamente borracho, se retiró a su habitación y sus acompañantes regresaron a Moscú. Era la madrugada del 1 de marzo de 1953.

A la mañana siguiente Stalin no salió de su habitación, ni dio señales de vida, ni pidió comida, ni revisó su correo, y esto extrañó mucho a sus escoltas y personal de servicio, pero nadie se atrevió a ir a su habitación. Llegados a la noche, decidieron entrar  y lo encontraron tumbado en el suelo, consciente, pero incapaz de moverse ni de hablar. Sus colaboradores fueron llamados de nuevo y parece que fue Laventri Beria quien  tomó mayor implicación en todo lo que ocurrió los siguientes días, de hecho no avisó a los médicos, que deberían  venir de Moscú, hasta el día siguiente, advirtiendo a todos los que allí había que Stalin dormía y no debería ser molestado, cuando la realidad era que agonizaba víctima de una severa hemorragia estomacal. Parecía evidente que entre sus hombres de confianza no había ningún interés en que Stalin superara aquella difícil situación.

El día 2 de marzo  llegaron los médicos que debían atenderle, todos ellos manifestaban un evidente nerviosismo por tener que tratar al que había encerrado a todo su equipo médico en Moscú y que posiblemente les podría pasar a ellos también si no conseguían salvar al dictador. Ninguno de ellos se atrevió a intervenir quirúrgicamente y se limitaron a explorarlo y diagnosticar una hemorragia interna sin proponer un tratamiento específico.

Pero nada se pudo (o se quiso) hacer y tras una terrible agonía de cuatro días, Stalin falleció el día 5 de marzo de 1953 a las 21,50 h., a los 73 años. La versión emitida por los medios oficiales fue: “El 5 de marzo de 1953, a las 21,50 horas, dando síntomas de creciente insuficiencia cardiovascular y respiratorias, J.V. Stalin falleció».

Hubieron de pasar aquellos años de oscurantismo para que surgieran varias teorías acerca de lo que realmente ocurrió, como la del historiador ruso Vladímir P. Naúmov o Jonathan Brent, Catedrático de Historia en Yale, quienes afirmaron que Stalin había sido  envenenado administrándole aquella noche Warfarina a traves de la bebida, siendo el matarratas el que le habría provocado la apoplejía.

La warfarina presenta un aspecto inodoro e incoloro, ideal para incluirlo en una bebida. Además los síntomas que habría padecido Stalin parecían completamente compatibles con una sobredosis de la misma.

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El principal sospechoso del envenenamiento fue Laventri Beria, asi lo contaba  Nikita Jrushchov, en su autobiografía escrita en 1970, donde afirmó que Beria había reconocido an

te miembros del Politburó: «Yo lo maté, lo maté y os salvé a todos ustedes». Beria era uno de los que saldrían más beneficiados con la muerte de Stalin, ya que temía ser víctima de la nueva “purga” que preparaba su jefe. No obstante de nada le sirvió, ya que en junio de ese mismo año de 1953, fue traicionado por sus compañeros de partido y aunque no está muy claro como murió,  su esposa y su hijo aseguraban que murió asesinado en su casa por orden de Jrushchov, mientras que la versión oficial era que fue fusilado después de un juicio sumarísimo en el que no se le otorgó derecho a defensa.

Hoy la warfarina sigue siendo de elección como anticoagulante, pero no debemos olvidarnos de otro derivado cumarínico, el acenocumarol, el famoso Sintrom, que tantas y tantas vidas ha salvado  y sigue salvando. Pero esto es otra historia.

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